Había algo de adulto en esa expresión de niño: un gesto a medias orgulloso y desafiante, a medias “sentío”, como a punto de quebrarse. Y, es curioso, porque ahora hay algo de niño en su expresión de adulto: como si nunca hubiese dejado de ser ese chiquillo imaginativo al que le dabas un sello de caucho con el logo de Curro y te montaba un videoclub en el que no faltaba detalle y ni una cinta salía sin la pegatina de “rebobine”.

Sí, Jacinto tiene aún mucho de ese niño curioso que prefería desmontar cualquier cacharro antes que salir a dar un paseo. Por eso a nadie pareció sorprenderle que, con el paso del tiempo, se decantase por la electrónica y la informática, trabajo que en la actualidad compagina con su faceta de empresario en Nasti de Plasty y el estudio fotográfico que tiene su marido. Perfeccionista y nostálgico, la palabra vintage le apasiona casi tanto como hacer bollas de chicharrones y repartirlas entre su familia y amigos. Como bien le señala el niño que aparece al fondo a la izquierda de su retrato, lo suyo es mirar hacia arriba y soñar, tener metas altas e ideas claras. Etiqueta a muy pocas personas con la palabra amigo, quizá por eso reconoce ser a veces un poco rencoroso: porque no le gusta sentirse decepcionado y le cuesta levantar fronteras cuando ya te ha entregado las llaves de su corazón.

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