La foto puede llevar a engaño: el puchero y la mueca triste no definen una infancia que ahora Sergio reconoce feliz y plena. Nació el día de la ilusión, cuando los niños de San Ildefonso cantaban el Gordo de 1978, y algo de él siempre tiende a la esperanza, a buscar el lado bueno de las cosas. Los años le enseñaron que su mayor premio fue tener una familia grande y cariñosa, una niñez llena de juegos, comidas familiares y viajes, un bonito álbum de recuerdos que lo convence cada día de que lo suyo sí fue nacer con suerte.

El coche de policía entre sus manos y la expresión de querer contarnos algo parecían avocarlo a un futuro como periodista de sucesos, aunque por el camino soñó ser maestro y odió las matemáticas casi tanto como ahora odia perder el tiempo y no disfrutar de cada momento. Al final quiso saber qué mundo se escondía al otro lado de las cortinas y le hizo un requiebro a su destino al llegar a la universidad y elegir la carrera de Geografía, que lo mismo le valió para escudriñar el mundo como para saber esquivar las fronteras que de cuando en cuando le nacen a los sueños. En el mapa de sus pasiones, la capital es la lectura y los libros, esos barrios que recorre una y otra vez, que le llevan a aromas de otros mundos y a calles desconocidas en las que intenta buscar respuestas y formular preguntas. El periodista que llevaba dentro nunca se fue del todo.

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